Van Gogh: El suicidado por la sociedad

Antonin Artaud, en El suicida de la sociedad, argumentó que Van Gogh no se suicidó por una crisis de locura, ni por la desesperación de no encontrar un sentido, sino por el contrario: “acababa de encontrarlo  y descubrir quién era él mismo cuando la conciencia unánime de la sociedad, para vengarse y castigarlo por haberse alejado de ella, lo suicidó”.


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“Van Gogh no murió a consecuencia de un estado delirante definido, sino por haber encarnado el lugar de acción de un problema alrededor del cual se debate, desde los orígenes, el espíritu injusto de esta humanidad, el de la prevalencia de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otro. Y, en ese delirio, ¿dónde se encuentra el lugar del Yo humano? Van Gogh, a lo largo de toda su vida, buscó el suyo con excepcional energía y decisión”, señala el genial e incomprendido poeta maldito en su obra.

Artaud (1896-1948) , un artista polifacético, quien pasó nueve años ingresado en un hospital psiquiátrico, acusó a la sociedad de ser responsable del “trágico destino” de creadores innovadores como Vincent Van Gogh (1853-1890).

En el texto escrito en 1947 con motivo de una retrospectiva sobre Van Gogh organizada por el Museo de la Orangerie de París, el escritor galo argumentó que la falta de apoyo social empujó al pintor holandés “a la desesperación y a la miseria” hasta llegar al suicidio.

Lo expuesto plantea el debate sobre los difusos límites que separan el arte de la locura, algo que traza la sociedad y que varía a lo largo del tiempo.

Artaud sostiene en su ensayo que Van Gogh fue llevado a la muerte por el doctor Gachet, al que define como un psiquiatra  que “detestaba en realidad a Van Gogh, pintor, y que lo detestaba como pintor, pero por encima de todo como genio”.

Artaud denuncia, en la figura y el papel jugado por Gachet en la muerte de Van Gogh, a toda la psiquiatría y su función normalizadora:

“En todo psiquiatra viviente hay un sórdido y repugnante atavismo que le hace ver en cada artista, en cada genio, a un enemigo… El doctor Gachet fue el grotesco cancerbero, el sanioso y purulento cancerbero, de chaqueta azul y tela almidonada, puesto ante el mísero Van Gogh para arrebatarle sus sanas ideas”.

Artaud amplía el campo de responsabilidades en la muerte del pintor y apunta directamente a su hermano Théo, a quien lo responsabiliza de limitar la actividad de Van Gogh a la pintura, pero evitando que pensara:

“Entre el doctor Gachet y Théo, el hermano de Van Gogh, hubo muchos de esos hediondos conciliábulos entre familiares y médicos jefes de los asilos de alienados, concernientes al enfermo que tienen entre manos. ‘Vigílelo para que ya no tenga esa clase de ideas’. ‘Te das cuenta, el doctor lo ha dicho, tienes que desprenderte de esa clase de ideas’. ‘Te hace daño pensar siempre en ellas; te quedarás internado para toda la vida’. Todas ésas son suaves pláticas de psiquiatra bonachón, que parecen inofensivas, pero que dejan en el corazón algo así como la huella de una lengüita negra, la lengüita negra anodina de una salamandra venenosa. Y algunas veces no se necesita nada más para inducir a un genio a suicidarse”.

Al final, Artaud encuentra el núcleo de la genialidad de Van Gogh en el hecho de haber sido “un pobre ignorante empeñado en no engañarse” y dice que eso no puede ser comunicado, tal como él mismo pensaba.

El ensayo termina expresando con contundencia la visión del mundo artaudiana, utilizando su famoso lenguaje no simbólico de cuerpo sin órganos.

“¡Para qué describir un cuadro de Van Gogh! Ninguna descripción intentada por quienquiera que sea podrá equipararse a la simple alineación de objetos naturales y de tintas a la que se entrega Van Gogh mismo, tan grande escritor como pintor y que transmite a propósito de la obra que describe la impresión de la más desconcertante autenticidad”.

 

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